La UE y las lenguas minorizadas: de un pasado oscuro a un futuro prometedor

, de .Irene Barañano, Europeans United for Humanity (EUforHUM)

La UE y las lenguas minorizadas: de un pasado oscuro a un futuro prometedor
Credit: Unsplash / Markus Krisetya

La relación del continente europeo con las lenguas es complicada desde un punto de vista histórico. En este territorio han florecido multitud de lenguas que conforman un entramado de heterogeneidad lingüística del que emanan diferentes culturas, expresiones artísticas y estilos de vida. Sin embargo, hace pocos siglos, Europa, con el mazo del colonialismo en mano, arrasó culturas e idiomas ultramar bajo pretexto de civilizar indígenas, pero también dentro de sus propias fronteras, en nombre de la centralización y bajo el yugo de varias dictaduras. Dicho brevemente, tras años cultivando un panorama lingüístico increíblemente rico, Europa se dedicó no solo a aniquilar una gran parte de su identidad lingüística, sino también a mutilar culturas e idiomas indígenas dondequiera que desembarcara.

Hace tan solo unas décadas, la sociedad europea comenzó a tomar consciencia de este problema de forma masiva. Mientras cientos de lenguas agonizaban y otras tantas morían, varias asociaciones e instituciones europeas comenzaron a denunciar la situación y a poner en marcha medidas contra el exterminio lingüístico. Esas medidas abarcan, por mencionar algunos ejemplos, desde humildes escuelas de idiomas clandestinas hasta leyes para garantizar traducciones a lenguas regionales en la administración.

El Consejo de Europa, en 1992, puso en vigor la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, mediante la que se insta a los países miembros a reconocer y promover sus lenguas regionales o minoritarias. Aunque la mayoría de países firmaron y ratificaron la Carta, algunos de inmensa riqueza lingüística como Francia, Italia y Rusia aún no lo han hecho. Por mencionar uno de los casos, en Francia, la única lengua oficial es el francés y sus lenguas regionales solo reciben ayudas privadas, como el de las escuelas Diwan que promocionan el idioma bretón y el del activismo vasco que trata de defender los derechos de quienes intentar vivir en euskera en el sur de Aquitania. El caso del euskera es el ejemplo perfecto: en la Comunidad Autónoma Vasca y en parte de Navarra, bajo dominio jurídico español, cuenta con estatus de cooficial y recibe ayudas para su promoción, lo que impulsa el activismo en gran medida; mientras, en la zona administrativa francesa, el apoyo que recibe el euskera es mero activismo a nivel personal y un débil goteo de iniciativas privadas que no dan abasto.

La Unión Europea también ha aportado su granito de arena. Por mucho que sea más práctico manejar la Unión con un solo idioma o con un número reducido de ellos, a diferencia del resto de superpotencias, la UE no es un solo país, sino 27 estados «unidos en la diversidad», según el célebre lema adoptado en el año 2000. Esa pluralidad es el distintivo clave de Europa, y, desde que así lo ha reconocido la Unión, se llevan a cabo ciertas actividades para impulsar las lenguas regionales y minoritarias del territorio. Por supuesto, el Comité Europeo de las Regiones ofrece traducción e interpretación para las lenguas regionales y minoritarias, y se han lanzado proyectos como Lingua, Leonardo, o Erasmus que contribuyen al aprendizaje de las lenguas en general, de los que pueden beneficiarse las lenguas minoritarias también. Dejando de lado algunas iniciativas puntuales, la UE utiliza principalmente sus lenguas oficiales para funcionar, con prevalencia general del francés, el inglés y el alemán, lo que es práctico para la Unión, pero no contribuye al rescate de las lenguas no hegemónicas.

Debido a que la competencia sobre las lenguas regionales o minoritarias recae sobre todo en los estados, la Unión Europea no es el actor al que uno apelaría preferentemente para defender a estas lenguas. Aun así, para muchas lenguas, sería un alivio que la institución se involucrara más, empezando por iniciativas simples que no requieren de grandes desembolsos, por ejemplo, traducir las páginas web destinadas a los ciudadanos y ciudadanas y ayudar a la promoción y al aprendizaje de estas lenguas. De hecho, para promocionar una lengua, no hace falta mucho; ya lo dijo Carmen Calvo, «un concierto de rock en español hace más por el castellano que el Instituto Cervantes», y la frase es aplicable a cualquier idioma. En definitiva, sería muy beneficioso que la UE presionara en mayor medida a los estados miembros para que las lenguas que están en peligro de extinción no sean las siguientes en la lista negra de las lenguas que Europa ha masacrado o abandonado a su suerte.

Sin embargo, el problema de las lenguas minorizadas, no es solo europeo, sino global, y es aún más grave en los países en vías de desarrollo y subdesarrollados donde las lenguas se relegan, en general, a un segundo plano ante problemas más acuciantes. Por ello, miles de lenguas y culturas desaparecen sin ser escuchadas y sin que sus propios hablantes sean conscientes del problema que esto supone. La concienciación a nivel global es todavía un sueño distante, pero Europa, que conoce las consecuencias y riesgos de dejar morir estas lenguas, podría empezar por dar ejemplo en cuanto a la recuperación de las comunidades sociolingüísticas minoritarias.

Mientras tanto, en nuestro planeta cada vez más globalizado, las situaciones diglósicas ganan terreno a nivel europeo y mundial, y el pronóstico no es para nada esperanzador. No obstante, las políticas implantadas en algunas regiones y estados están favoreciendo a la diversidad que la Unión Europea predica, y, aunque muy lentamente, el activismo y la conciencia social ganan terreno día a día. Está claro que no vamos a poder salvar a todas las lenguas del fuego, pero eso no quiere decir que debamos dejar devorarnos por las llamas y acabar apañándonos con la neolengua de Orwell. La diversidad lingüística que ha dado lugar a nuestras culturas es uno de los mayores tesoros de Europa, y debemos actuar en consecuencia, por nuestras culturas y por todas las que lleguen a tiempo para seguir su ejemplo.

«Una de las paradojas del mundo globalizado es la resistencia y el resurgir de los idiomas pequeños del mundo, la solidaridad que recorre desde Irlanda a Estonia, desde las islas Feroe hasta Asturias, y desde el País de Gales al País Vasco».

SEAMUS HEANEY

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